Estaré curada de ti en unos días.

Te guardaré reposo,

bajo prescripción facultativa,

y en no más de dos vidas sólo serás febrícula,

un poso centígrado del amor en los cuerpos,

un eco gradual del cuerpo amado.


No comprendo por qué escritos

cada hoja y tronco de los tilos

hablan de ti, Amor, te identifican,

te absorben los monemas por tus labios

queriendo saberte, acariciando el vello

de tu semántica espalda,

los lexemas que suspiran como anhelos

si bostezan los morfemas por tu boca.


Qué fácil tornar lo simple dificultoso

y complicar opaco la luz tan clara en lo sencillo.


El Amor no es más que una medida,

los grados que marcan los termómetros

en bocas de mercurio,

un efecto secundario,

una inflamación de la garganta

con final ibuprofeno.


Yo me curo de ti mientras te escribo

en las gasas blancas de los folios

y me bebo el oxígeno del agua

que aún queda de tu boca entre mi cuello

y me ascienden los grados por recuerdos

pegados en memorias con esparadrapos

y siento escalofríos,

una ingrata pesadez por los párpados

de tanto no verte

la sombra en los delirios

de infames taquicardias.


Yo me curo de ti mientras los versos

me envuelven en tenues somnolencias

y me surges en los huesos dando gritos

llamándome por nombres que no me pertenecen,

y te afanas en mi carne,

en rasparme el músculo con tus alas mordidas

-quiero decir, tus uñas-

que se clavan en mi verso sofocado

tiritando en frío la fiebre del recuerdo.


El amor, como un catarro,

se cura cuando inyectan la vacuna del buen tiempo

y ya no exuda un calor de hiperpirexia

                                        entre los labios.

Cuarenta grados de olvidos analgésicos.


                        

                                        (Del poemario “Fe de erratas”, 2010)



Cuando me miras
y me regalas París tomando el desayuno
con todo su aguacero y sus paraguas
para mojar mis labios
cuando estoy contigo y se desgrana
un otoño de estaciones en Vivaldi
y me delatas
en un invierno en Roma
con sus columnas congeladas
y tu itálico acento cuando aguardan
las palabras rotas de saliva
en el quicio de tu boca
y me pierdes en Manhattan
cuando exprimes mi zumo
naranja y cielos que rascan la memoria
con sabor de mermelada
y escoges un lienzo a tu azar
y me devuelves
al museo más limpio y repeinado de Inglaterra
con tu voz de soneto
entre Hölderlin y Petrarca
y dos tostadas llamean
en los pasillos inmensos del Metropolitan
con un plano y la voz de tu nuca
para no perdernos en los muros
que aún dividen Berlín y las ciudades,
tu norte, mi sur,
un pasaje octosílabo en clase turista
para tender en Moscú la ropa del invierno.
Y me miras,
y siempre ocurre cuando me miras
que me regalas Madrid con dos de azúcar
en taza pequeña
y un vértigo en Egipto adormecido
para leer a Lope en Argentina
con rumores de mayos y de tangos
extendiendo a Avellaneda en margarinas
con tu voz de oligoelementos
y esencias de miel tan naturales
como el agua en Junio de Ginebra
para juntos descalzarnos en los Alpes
e inventar palabras asonantes
en pentagramas de Mendelssohn.
Cuando me miras,
y me regalas el mundo en un vaso de leche
te siento desnatado más mío que nunca;
sacarina líquida y tu voz de ayuno
es todo cuanto quiero amanecido.


           (Del poemario “Poemas para zurdos”, 2010)


En algunas calles

-igual a una piel extendida y abierta-

se puede sentir el olor del silencio.

Es el rumor de las casas vacías

porque siempre el esplendor

suele ser un  lugar deshabitado.

En estas calles solo viven los siglos y las piedras

las hiedras que se aferran a los muros

y trepan como buscando en la cima su alimento.

Las vidas vacías

se adhieren diente a diente en extensas hileras,

simétricos bocados cubiertos de polvo.

Yo interrumpo su silencio y me pregunto

¿quién plantará las flores y regará los cristales?


                       (Del poemario “Pasaporte renombrado”, 2013)



    

Alineados los astros y encontradas las brújulas

me besaste en el brazo, apenas el codo,

lento y decidido como el segundero

que salmódico cantaba aquel instante.


Miré tu boca.

El dibujo de un paréntesis inacabable

y quise reescribir un soneto equivocado

octosílabo y asonante como un beso.


Sabes de esa humedad salitre,

de ese licuoso rumor de paladares

que habita el amor cuando fermenta.


Luego entreabierto el balcón de tus pupilas,

pozos acuosos donde observarme

al cruzar tu cuerpo con mis ojos.


Maldije letánica saeta de relojes.

Quédate siempre así.

Nos sobran versos y nos faltan rimas;

pero esto, al fin y al cabo, es un soneto equivocado.


                                (Del poemario “Poemas para zurdos”, 2010)


Dos por cuatro se mueve la milonga

como tu abrazo al tiempo de la tarde.


Hemos llegado a Floresta desde el centro.

Recorrimos las calles como quien toca lo eterno en el ala extendida de un pájaro,

plumaje infinito de semáforos rojos,

diestras señales en la piel que nos ceden el paso.


Para alejarme te acerco contra mí.


Bajamos del coche cerrando las puertas con urgencia.

En el filo he dejado un pedazo de carne

para vestirme con él cuando volvamos,

cuando la noche silbe tras mi oído y me dejes en casa.


Virginia, ven, -me dices anclándome los brazos

como el deseo astado de mi nuca-.

Quiero de frente que el amor se arrodille

como los trozos de invierno que tienes en los huesos.


Y subimos. A una buhardilla pequeña,

escalera azul que como el tango

hila brazo a labio cada tiempo,

este compás cuadrado de las camas

donde penetras mi voz con tu saliva

buscando el silencio en la fricción urgente de la carne.


Un aullido de pájaro y nada más después.


Bajamos al coche.

El amor se ha llevado los restos del día.

La ciudad conserva el olor amarillento de las sábanas.


Me besas en los labios, un labio rezagado

que dulcemente te besa.


Y dos por cuatro suena la milonga

como la voz apretada y ronca del terciopelo.


Subimos al auto. Y volvemos a casa.

                                                                         

                                                                                    (Poema inédito)


Adán se despertó cuando Eva todavía dormía. La contempló. Estaba recostada a medio hombro, la cabeza desmayada sobre el codo y las piernas flexionadas, algo abiertas, dejando entrever el vello adormecido de sus ingles. Estaba hermosamente vulgar así dormida, con la boca agria, zozobrando, como huele el sueño.

Adán la contempló y no quiso despertarla. Se incorporó sigiloso y decidido, como la mano del hambre. Tomó una fruta del manzano que les daba sombra. Hoy no esperaría a Eva para desayunar.


                   (Del poemario “Pasaporte renombrado”, 2013)